Txanogorritxu: ipuin bat, bi kontaera

Nancy Fiorini - TxanogorrituIrudia: Nancy Fiorini

CAPERUCITA Y EL LOBO FEROZ

Al lobo feroz le suenan las tripas
y no le basta con unas pipas.
Llama a la puerta de la casita de la abuela,
esta se asoma con cautela:
se ven unos dientes cortantes,
se oye: hola abuelita, ¡tienes visitantes!
La anciana se alarma y pierde la calma,
no le falta mucho, casi se desploma.
¡Bingo! la abuela no se equivoca,
la bestia la traga y en seguida se aloca.
Ya que la mujer no tiene chicha,
el lobo de más carne se encapricha.
¡Qué esmirriadas las abuelas de hoy en día!
¡Otras tres de golpe me comería!
Aúlla el lobo con mucha agudeza,
¡Alguien más encontraré!, dice con crudeza.
Como no aparezcan más abuelas
esperaré y me afilaré las muelas;
hasta que llegue Caperucita,
esa deleitable señorita.
A la muchacha quiere engañar,
la imagen de la abuela conservar.
Aprovechando que su ropa no la comió,
su vestuario en seguida cambió.
Nuevo vestido, impecable peinado,
la cuenta atrás ya ha empezado.
Pronto llega Caperucita
y a su abuela con miedo le musita:
«¡Que orejas más grandes, abuela!».
Y el lobo: «El tiempo todo lo revela».
«Qúe ojos más grandes tienes!».
«Hija, la vejez tiene sus achaques».
El animal mira a la niña sin cesar,
Esas mejillas rosadas le hacen anhelar.
Y piensa: ¡comienzo una nueva dieta,
La abuela era un sándwich, esta es la chuleta!
La joven sigue: «querida abuelita,
¡Qué chaqueta tan bonita!».
«¿Es que no te enteras, hija mía?
Soy el lobo, ¡quién lo diría!
Niña boba, te comeré de un bocado
¡Para mí tú no eres pecado!».
Pero Caperucita se transforma,
Y una pistola bajo sus ropas asoma.
Quiere acabar con el lobo feroz,
Se oye ¡pum!, ocurre algo atroz.
A la semana de lo ocurrido, te puedo contar
Que yo misma lo pude contemplar.
Caperucita roja cambió de parecer,
Caperuza y gorra dejo de tener.
Entonces entre risas me anunció:
«¡ESTE ES EL ABRIGO QUE EL LOBO PERDIÓ!».

 Ainhoa

 

El lobo feroz no había probado bocado,
tan hambriento estaba que se creía acabado.
Llamó a la puerta de la abuelita con firmeza.
Se asomó la abuelita con mucha sutileza
y vio los enormes dientes en la boca del lobo.
Muy educado y muy cortés  le preguntó: «¿Puedo?».
Entonces la abuelita llena de asombro le grita:
«Tú lo que quieres es comer a esta pobrecita!».
¡Bingo! Tenía la abuelita toda la razón,
porque el lobo la comió como si fuese en sazón.
Pero la abuelita era de carne tan corriente
que para el lobo feroz no fue cena suficiente.
«Las de antes sí eran de carne apetitosa,
pero las abuelas de hoy son como gaseosa».
El lobo comenzó a ulular en la cocina:
«¡Mi siguiente presa no puede ser tan fina!».
A falta de abuelas esperó el lobo feroz
y Caperucita Roja se dirigía veloz.
No sabía quién le esperaba a su llegada,
quién la quería comer de forma inesperada.
Con las ropas de la abuelita él se disfrazó,
ya que fue lo único que el lobo no se zampó;
no le faltaba sombrero, ni tampoco abrigo,
con zapatos en sus patas; era de verlo, amigo.
Con un peinado elegante quedó deslumbrante,
y a Caperucita esperaba vigilante.
Llegó Caperucita alegremente saltando
y le dijo a la abuela a los ojos mirando:
«¡Las tuyas sí que son orejas grandes, abuela!».
«No las hay más perfectas ¿a que no mi mozuela?».
Asombrada le dijo: «¡Qué ojos más grandes tienes!»
«Sí, tan duro trabajar es lo que tiene, ya sabes.».
El lobo feroz le respondía con agudeza.
«¡Que mejillas más rojas!, ¿qué tienes en la cabeza?».
Entonces el lobo pensó: ¡He cambiado la dieta!
Antes fideo era, hoy chuleta regordeta.
Caperucita le dijo: «Pero, querida abuela,
¡vaya abrigo llevas puesto, estás de pasarela!».
«Hija mía, ¿no te sabes el cuento todavía?
De mis dientes monumentales yo te hablaría.
Da igual lo que me digas, porque te haré puré.
Parlanchina chiquitina, ¡ahora te comeré!».
Era grande la valentía de Caperucita
y sacó una pistola de su falda finita.
Quitó al lobo feroz por una vez de su vista.
«¡Pum!», se oyó el disparo de la protagonista.
La semana siguiente, de manera fortuita,
con mis propios ojos vi a nuestra Caperucita.
Su nuevo look te parecerá una paradoja,
¡ni su capa ni su caperuza era roja!
Y sonriendo me confesó su robo:
«¡Este es MI NUEVO ABRIGO DE PIEL DE LOBO!».

 Elixabet

 

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